
Ensimismado en lecturas lacanianas que le enseñaban que el deseo era el deseo del Otro; que el neurótico buscaba ser objeto del deseo, y que el deseo primigenio era el de reconocimiento, cerró el libro y prendió un cigarrillo.
En los dibujos que el humo encriptaba en el poco viciado aire del balcón desde el cual se veía la avenida, levemente circulada, pensaba en esas palabras que la joven de mirada triste le había dedicado.
Recordaba esos ojos, que tal vez le traían a la memorias todos los ojos tristes que conoció en su vida, los de esas jóvenes desahuciadas en su propia existencia que le prestaban sus noches, sus hombros, sus cuerdas vocales, pero no sus piernas; recordó también los suyos, esos que conocieron poco más que fracasos.
Reflexionó incluso acerca de estos mismos fracasos, que seguro desde su pueril inconsciente había alimentado por su oculto temor a sostenerse en el éxito.
Releyó las páginas de Lacan y pensó en el goce que esto le producía constantemente, en ese sádico interjuego entre el dolor más profundo y el placer obtenido por una frágil saciedad.
Volvió a cerrar las ajadas hojas impresas en el Viejo Continente, y pensó en su boca, que era capaz de tantas expresiones como nunca antes imaginara...
Con todas sus fuerzas luchaba contra las ganas que tenía de ignorarla, como tantas habían hecho con él sin el mínimo suspiro, que no se habían percatado nunca de su existencia, y volverían a obrar de igual manera.
Pero no podía, no podrá nunca con ese deseo, que no tiene nada de persecución de placer sexual, sino que tiene más de otra cosa que nunca logró interpretar.
Tal vez la clave sería creer que toda gran obra comienza en intentar; y era quizás justamente esa la palabra que lo salvaría, y eso será lo que me propondré explicar en las líneas subsiguientes.
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