Cuando, como quien no quiere la cosa, la recordaba, el viento traía a sus oídos decenas de palabras por ella escritas. Comparaba -vil estrategia del pensamiento- con la situación actual, con su silencio de cementerio y se le venían a la cabeza las palabras del Flaco, cuando preguntaba a dónde ves ahora algo en mi, que no detestes. Sólo ese verbo era lo que las unía por esos tiempos, o al menos lo que ella creía, desde una comodidad intelectual que le sentaba muy bien. No podía no relacionar la cadena de casualidades de la que hablaba Kundera, con aquello que las había puesto frente a frente en el tiempo y espacio compartido, y luego en las causalidades que las habían hecho ver sólo como un par de ilustres desconocidas.

2
La primera vez que compartieron tiempo y espacio, un momento, no pudieron escapar de lo dual que se les presentaba entre lo impuesto, lo que no se podía, y el deseo a flor de piel. Sonaban en sus mentes, en un torbellino sin comienzo las afrentas de sus variopintos entornos. Carla se sabe desprolija, idealista, desperfecta, libre; Luana se presume correcta, puritana, fuerte, con futuro asegurado.
Continuará